Mi General:
Le escribo esta carta desde la trinchera en la que me encuentro y aprovechando que hace unas horas, se han detenido los combates. Ahora, hay tanto silencio que hasta puedo oír a las pulgas saltando por mi uniforme, y a mis tripas pidiendo algo de pan. En las trincheras que tengo enfrente, también puedo oír las voces del enemigo y me desespera saber que son españoles como yo.
Excelencia. Hace cuatro años mi hermano y yo nos alistamos en el ejercito huyendo del hambre y de la miseria porque, a la muerte de mi padre, a mi madre solo le quedó irse a vivir con una hermana suya y en casa de mi tía no había ni sitio ni comida para nosotros.
Al producirse el inicio de esta guerra, mi unidad quedó en la zona que controla la República y la de mi hermano en la zona en la que está usted al mando. No me atrevo a pedirle por mi hermano porque hace tiempo que no sé de el y quiero seguir pensando que todavía vive. Tampoco sé nada de mi madre excepto lo que me contó un vecino de un pueblo cercano al de mi tía y que según me dijo, el pueblo en el que vivía mi madre fue bombardeado y en este momento, no se que ha sido de ella.
Mi General, esta guerra no puede continuar, nos destruimos entre nosotros y cada día enterramos a más de los nuestros. Señor, ningún ideal político vale la vida de una persona.
Le pido por lo más sagrado, que se ponga en contacto con el Presidente Azaña y hablen entre ustedes para intentar llegar a un acuerdo y detener está locura, porque el pueblo español no merece este sufrimiento.
Excelencia, no entiendo de política ni de leyes y mi único objetivo en la vida es vivir en paz.
P.D: No puedo seguir escribiendo porque la bala de un español me ha liberado de este infierno.

