Corría el año de 1947. La Segunda Guerra Mundial había arrasado buena parte del mundo y la vieja Inglaterra lamía sus heridas muy lentamente. Una generación de jóvenes británicos, se quedó en el camino al igual que muchos otros de distintas nacionalidades y en la vida de los que lograron sobrevivir, se abrió una senda de responsabilidad para compensar la falta de los que ya no podrían hacer el camino con ellos. Francis Reid, que justo en aquel año cumplía su 18 aniversario, era uno de ellos. Durante la contienda, Francis, ayudó todo lo que pudo alistado en los grupos de defensa civil como bombero y a pesar de su corta edad, destacó con su valentía para hacer frente a los estragos que producía la implacable aviación alemana. Pero la guerra terminó y sus padres pudieron dar gracias a Dios de que su único hijo hubiera sobrevivido y pudiera comenzar a realizar su vida en paz. Amante de la botánica, el joven Francis, devoraba todo lo que de su pasión por las plantas se hubiera escrito. Trabajaba en una granja ayudando en aquello que fuera necesario y por las noches leía y leía hasta altas horas de la madrugada. Gracias a su trabajo, pudo reunir una buena cantidad de libras que, llegado el verano, le permitiría realizar un proyecto que había fraguado tiempo atrás, dedicar una semana de vacaciones en un pequeño pueblo del norte, cerca de la frontera con Escocia y rodeado de maravillosos bosques plenos de variada y para él, maravillosa naturaleza. El proyecto que Francis tenía, era realizar cientos de dibujos que ilustraran una recopilación de las variedades botánicas de su isla y con ellos escribir un libro que le abriera las puertas en lo que él consideraba que sería su forma de ganarse la vida y de desarrollar su pasión, convertirse en un reputado botánico de fama mundial. Sus progenitores, siempre apoyaron la pasión que su hijo sentía por las plantas a pesar de que a su padre, le hubiera gustado que se dedicara al negocio de la sastrería que había permitido a la familia tener una vida humilde pero digna. Llegó el verano y con él, el momento de realizar su anhelado proyecto. Lo tenía todo preparado, horarios de trenes, desplazamiento en autobús hasta el pueblo y la reserva acordada por teléfono en el único hotel del pequeño pueblo hacia donde se dirigía y que sería su base de operaciones. Todo funcionaba según sus planes pero solo había un motivo de tristeza en su vida y se llamaba Diana. Amigos desde muy niños, Diana era hija de un adinerado hombre de negocios de la ciudad y el amor platónico de Francis. A menudo, soñaba que se convertiría en su esposa y vivirían muy felices creando una maravillosa familia que tendrían sus necesidades cubiertas gracias al dinero que ganaría con sus libros y con la ingente cantidad de premios que recibiría como referencia mundial en la ciencia de la botánica pero, Diana tenia otros planes y en ellos no contemplaba el casarse con Francis. Llegó el momento de partir y acompañado por sus padres, se dirigió a la estación y entre abrazos y alguna que otra lágrima de su madre, el tren partió con puntualidad británica. El trayecto era largo pero se entretuvo preparando mentalmente todo lo que realizaría a su llegada. La imagen de Diana la tenía tan grabada en su cerebro que, gracias a su buena mano con los lápices, realizó un dibujo algo idealizado de su amada que, cuando lo terminó, pensó que hacía más justicia que cualquier fotografía que pudieran hacerle. El sueño ayudó al joven a pasar el tiempo del viaje y cuando despertó, se hallaba muy próximo a su destino.
La llegada a la pequeña estación se produjo en el tiempo estimado y, acarreando su maleta, tomó el autobús que le llevaría hasta el pueblo. Dos horas por caminos mal asfaltados, dejó al joven a la entrada de la diminuta localidad. No tuvo que preguntar por la ubicación del hotel pues era prácticamente, el único edificio de cierto volumen que se podía encontrar en el lugar y quedaba bien visible para un recién llegado. Se dirigió al único comercio que existía en el pueblo con el fin de adquirir alguna libreta más por si se daba la circunstancia de quedarse corto con las que trajo consigo, pues era tanta la intención de plasmar en ellas todo aquello que encontrara, que temía que no fueran suficientes. ¡ Buenas tardes ! - Dijo el feliz comerciante al ver como Francis entraba en su local – hola, buenas tardes – respondió éste sorprendido por la alegre bienvenida – no le preguntaré si es usted nuevo aquí porque somos tan pocos que cuando viene alguien se nota demasiado – contestó el comerciante entre carcajadas – ¿y qué?, ¿tiene familiares en el pueblo ? - preguntó el dueño del local – a lo que el recién llegado respondió – pues no, no, tengo familia aquí – entonces se hospedará en el hotel del viejo – volvió a decir el comerciante - ¿el hotel del viejo?, yo pensé que se llamaba de otra forma – respondió el muchacho – oh, si, se llama de otra forma pero todos aquí lo conocemos como el hotel del viejo – ¿y porqué? - preguntó lleno de curiosidad Francis – bueno, es una historia muy antigua, yo no había nacido todavía cuando sucedió - ¿y cuál es la historia? - volvió a preguntar – pues, al parecer hace muchos años, llegó al pueblo un hombre muy viejo que se alojó en el hotel y despareció al poco tiempo y jamás se supo más de él, incluso dicen los que cuentan la historia que dejó todas sus pertenencias en la habitación – pero bueno – concluyó el tendero – son historias de pueblerinos que se aburren y ya se sabe... -. Francis, después de comprar las libretas y despedirse del comerciante, se dirigió al hotel. En la recepción y después de registrarse, subió a su habitación acompañado de un hombre que llevó la maleta y sin decir nada la dejó sobre la cama. Francis, antes de que se fuera le pregunto qué sabía sobre como era conocido el hotel en el pueblo a lo que el empleado sin decir nada y limitándose a encogerse de hombros, salio de la habitación.
Como era tarde y se acercaba la hora de la cena, Francis acomodó sus cosas y comprobó el estado de la que sería su habitación los próximos días. Después de cenar, se retiró a descansar para comenzar, al día siguiente, el recorrido por las cercanías del pueblo que permitiría abastecerse de gran información respecto a las especies de la flora del lugar. Vestido con un pijama, se dispuso a dormir. Estaba profundamente dormido cuando, un leve ruido hizo que sus ojos se abrieran. Lo que vio, le dejó totalmente alucinado. Un mano que desprendía una tenue y verdosa luz, se hallaba a poca distancia de su cara, suspendida en el aire y sin nada visible que la sostuviera. Como no podía dar crédito a la información que sus ojos enviaban a su cerebro, intentó encender la lámpara de la mesilla pero, la luz no se encendió. La mano, cambió su postura y pasó a señalar con el dedo índice a Francis y a los pocos segundos cambió su dirección indicando una pared de la habitación. El joven no reaccionó y la mano volvió a realizar la misma maniobra hasta que por fin consiguió que el aterrorizado muchacho se levantara y se acercara a la pared. Pudo ver una enorme mancha de humedad que no había observado antes y, de repente, la mancha se transformó en una puerta. La mano accionó el pomo y la abrió dando acto seguido, un fuerte empujón a Francis, que sin tiempo a reaccionar, se encontró al otro lado. El chico, se giró para intentar salir de allí pero la puerta había desaparecido y se encontró sumido en la más absoluta oscuridad. Después de unos instantes, el aterrorizado muchacho, empezó a ver una blanca luz que, partiendo de un supuesto techo, descendía lentamente y fue iluminando la figura de un hombre de aspecto muy anciano que se hallaba sentado en un desvencijado sillón. Cuando el hombre quedó totalmente visible y mientras sonreía amablemente dijo: Bienvenido Francis, - y continuó hablando a su paralizado y totalmente desorientado interlocutor – no debes tener miedo, lo que estás viviendo, tendrá para ti maravillosas consecuencias – y viendo que Francis era incapaz de articular palabra siguió hablando - ¿te gustaría ser el más grande de la historia en el conocimiento de las plantas?, ¿ si ? ¿Y tener una vida muy larga y sana?, responde, la oferta es muy buena y podemos ampliarla – el viejo esperó a que el muchacho reaccionara pero viendo que sus ojos se hallaban clavados en él y que de su boca no salía el más mínimo sonido, continuó hablando - ¿qué te parecería ser inmensamente rico y feliz toda la vida?, ¿y poder tener a tu amada Diana bebiendo de tu mano e implorado ser la madre de tus hijos?, ¿ todavía no te parece suficiente la oferta?, ¿y si la ampliamos a que recibirás todos los premios académicos de tu especialidad?, ¿conoces a alguien que pueda ofrecerte más que yo? - concluyó el anciano que quedó a la espera de una respuesta de Francis - . Este, giro el cuello intentando encontrar la puerta que le había llevado a esta ilógica e inexplicable situación pero tras él, sólo había oscuridad. El viejo, empezó a impacientarse y retomó la palabra diciendo : todo lo que te he ofrecido lo tendrás cumpliendo tan sólo una condición, cuando estés a punto de cumplir cien años, deberás volver a este hotel y volveremos a hablar tu y yo y entonces, te concederé doscientos años más de vida pero, si aceptas el trato y cuando cumplas los cien años no regresas aquí, todo tus seres queridos morirán y después de vivir el dolor de su perdida, tú también dejarás este mundo tras una horrible y larga enfermedad, tienes tres días para pensarlo, si lo aceptas y no recibes una sola cosa de las que te he prometido, quedarás desvinculado del trato y podrás disfrutar del resto de mis regalos. Dentro de tres días, - continuó diciendo - la mano volverá a traerte ante mí y entonces me comunicarás tu decisión, ahora puedes irte.
Sin saber cómo, Francis se encontró de nuevo en su cama y con gran nerviosismo apretó el interruptor de la lámpara que, esta vez, si se encendió. Su corazón latía de tal manera que apenas podía respirar mientras que, todo su cuerpo, se hallaba empapado de sudor. Con la luz pudo observar que la mancha de humedad de la pared había desaparecido y tal era su estado, que preso del miedo, no pegó ojo en toda la noche y siempre con la luz encendida. El sol del nuevo día reactivó al joven quien recordando lo sucedido, decidió hacer la maleta y dejar el hotel para regresar a su casa pero, cuando tenia todo preparado y a punto de abandonar la habitación, algo dentro de él le detuvo. Volviendo sobre sus pasos, dejó la maleta en el suelo y se sentó en el borde de la cama clavando sus ojos en el lugar de la pared donde se abrió la puerta. Recordó palabra por palabra lo que el anciano le dijo y sentado estuvo hasta bien entrada la tarde. Bajó a cenar para no llamar la atención y tan pronto terminó, regresó a la habitación. Los dos días siguientes, sólo abandonaba la habitación en las horas de las comidas y el resto del tiempo lo pasaba analizando las ventajas y los inconvenientes de aceptar aquel trato que, en ningún momento y a pesar de las circunstancias tan extrañas e inexplicables, no dudó ni un instante que hubiera sucedido. Se olvidó totalmente del motivo por el cual había llegado a aquel hotel y sus amadas plantas, por primera vez en su joven vida, se encontraban totalmente olvidadas. Llegó el tercer día y cuando vino la noche, Francis, totalmente vestido, se estiró en la cama y se dispuso a esperar. Las horas transcurrieron lentamente y la larga espera llevó al joven al sueño. De repente, el muchacho fue despertado por un ligero golpe en su hombro, al abrir los ojos se encontró de nuevo con la mano y como en la vez anterior, se dirigió hacia la pared y en ella apareció la puerta. La mano la abrió y desde fuera, en esta ocasión, pudo ver al anciano que le esperaba sentado en el sillón. Cruzó el umbral y se dirigió hacia él. Instintivamente, el joven se giró, y pudo comprobar que la puerta se mantenía abierta. La voz del viejo dio la bienvenida diciendo: Me alegro mucho de que hayas tomado la decisión correcta, eres un hombre muy afortunado y quiero repetir las ventajas que obtendrás con nuestro trato - dicho esto, comenzó a detallar las condiciones - tendrás una vida sana y feliz, te convertirás en una referencia mundial en la ciencia de la botánica y serás inmensamente rico con tus libros y conferencias y tu amada Diana, será la madre de tus hijos y una compañera fiel y perpetuamente enamorada de ti. El silencio se adueñó del lugar. De pie, Francis no dejó de mirar ni un segundo al viejo. Tomando fuerzas y claramente asustado preguntó: ¿quién es usted?, la cara del hombre del sillón cambió el gesto y con tono autoritario dijo: No, nada de preguntas, estamos aquí para cerrar un trato, si aceptas tendrás lo que te ofrezco si no, puedes marcharte y jamás volverás a verme – dicho esto, extendió su mano para que el muchacho, en caso de que aceptara, sellara el pacto estrechando la mano del anciano. Francis, tembloroso, extendió la suya y ambas manos cerraron el pacto. Sin decir nada, dio media vuelta y salió del lugar.
Cuando de regreso, el tren entró en la estación, los ojos de Francis vieron con sorpresa que, además de sus padres, le esperaban su amada Diana y los padres de ella. Al bajar del tren, la muchacha corrió hacia él y lo abrazó y besó con auténtica pasión. Los padres le dieron la bienvenida y le comunicaron su felicidad por la relación y su predisposición a todo lo que concernía a organizar la boda y que sería el padre de Diana quien correría con todos los gastos de la ceremonia pues, tal era su alegría, que nada que él pudiera hacer, seria suficiente por la felicidad de la nueva pareja. A los pocos días, un importante editor de la ciudad, ofreció a Francis una gran cantidad de dinero para tener los derechos del primer libro temático sobre botánica que él escribiera, Al primer éxito editorial, siguieron otros que elevaron al joven a la categoría de referencia mundial en la materia y pronto llegaron las conferencias por todo el mundo que lo convirtieron en inmensamente rico. Su primer hijo no tardó en nacer y su vida familiar era un auténtico paraíso. Su enorme mansión era la envidia de toda la ciudad y el servicio de la casa hacía que su esposa tuviera todo tiempo del mundo para criar a su hijo y para amar a su esposo. Con el paso de los años, nació su quinto hijo y la familia era para Francis, un auténtico universo pleno de felicidad. Los hijos crecieron y se hicieron mayores pero Francis seguía manteniendo una vitalidad y una salud envidiables. Las hojas del calendario caían de forma implacable y la acumulación de los años se hizo patente en Diana que a los noventa años y después de una larga y feliz vida, falleció. Francis que aquel año cumplió los noventa y uno, quedó sólo en su inmensa mansión. Sus hijos habían formado sus propias familias y ya no le necesitaban. Recordando los años de felicidad vividos, pasó lo que restaba para cumplir los cien y se preparó para regresar al hotel del viejo. Debía cumplir su parte del trato pues de no hacerlo, y como el viejo había cumplido la suya, sus hijos y nietos sufrirían las consecuencias. Dejó todo ordenado y su notario tomó buena cuenta de sus deseos para que nada faltara a sus descendientes y él, recordado lo dicho años antes por el anciano, se dispuso a recibir con gran incertidumbre, doscientos años más de vida.
Y aquel año del dos mil veintinueve, tomó un moderno y veloz tren que lo dejó en la nueva estación del pueblo que, a pesar de haber crecido, seguía siendo pequeño. Caminó hasta el viejo hotel y quedó un rato contemplando su fachada. Estaba igual que entonces a pesar de que desentonaba enormemente con todos los modernos edificios de su alrededor pero, seguía ahí. Se registró y acompañado por un empleado, se dirigió hacia la misma habitación de entonces. Una vez sólo, acomodó las pocas cosas que traía y se sentó en el borde de la cama quedando a la espera. La luz del día desapareció y la noche avanzó implacablemente . El viejo Francis, se estiró sobre la cama y al poco rato, la mano, volvió a presentarse ante él. Con dificultad se incorporó y se dirigió hacia la pared en la que, inmediatamente, apareció la puerta. La mano como hizo años antes, la abrió y Francis pudo ver al anciano que sonriendo seguía sentado en su sillón, me alegro mucho de volverte a ver Francis – dijo el viejo – ahora sólo queda cumplir la última parte de nuestro trato. Al terminar de hablar, la puerta se cerró y la mano desapareció. El viejo del hotel por primera vez ante los ojos de Francis se levantó y comenzó a desentumecer su cuerpo al tiempo que dijo - ¡¡ qué maravilla volver a esta de pie !! ahora tú debes sentarte en el sillón – y sin darse cuenta, Francis se encontró sentado en él. Aterrorizado, comprobó que no podía ponerse en pie y la angustia se apoderó de él – no intentes levantarte, es imposible – dijo el viejo – ahora tú eres el dueño del sillón y no puedes abandonarlo – y al acabar de decir esto, comenzó a reír – pero....tú dijiste que me darías doscientos años más – dijo Francis con desespero – y los tendrás – contestó el viejo – y puede que muchos más – continuó diciendo – ahora debes esperar a que un nuevo Francis aparezca en el hotel y si acepta lo que le propongas, con los años, te sustituirá en el sillón – pero, yo no conocía esa parte del trato – dijo angustiado Francis - bueno.. ya sabes que siempre existe una letra pequeña en todos los negocios pero, no es culpa mía, yo no he creado las reglas – respondió el viejo que poco a poco recuperaba su antigua juventud – ahora saldré de aquí, me lo he ganado - , la puerta se abrió y el joven cuando se hallaba en el umbral se volvió hacia Francis y dijo – tarde o temprano abandonarás el sillón pero solo existe un problema....... si el hotel es demolido, te quedarás sentado eternamente – y dicho ésto, salió y la puerta se cerró envolviendo a Francis en la más absoluta oscuridad.

