AGRIMONIA

sábado, 1 de enero de 2011



Tenía todo lo que una persona pudiera desear. Mariona era joven, era hermosa, era rica y estaba sana. Lo tenia todo pero.....¿ he dicho todo?, no,  realmente no lo tenía todo, le faltaba humildad. Su familia pertenecía a la más alta sociedad y su casa, su hermosa y rica casa, se encontraba en la principal avenida de la ciudad, las mejores tiendas se agrupaban a su alrededor y cuando se detenía ante un escaparate, el propietario salía raudo a saludarla e intentar convencerla de las bondades de sus productos, sabedor que su presencia en el negocio disparaba las ventas. Todo a su alrededor era perfección y belleza, y por causa de su deseo de exigir ambas cosas en los demás........ le faltaba el amor.


El momento de máxima gloria lo alcanzaba los domingos cuando, al ir a misa de doce, desplegaba toda su belleza y elegancia. El recorrido que realizaba hasta la iglesia, era acompañado de miradas de admiración  por parte de los caballeros y mucha envidia por parte de las damas que, sin embargo, reconocían en su interior, que como ella no había nadie en la ciudad. El propio párroco, la esperaba todos lo domingos a la puerta del recinto religioso y amablemente la acompañaba a su lugar habitual situado en primera fila desde el cual, y sabiéndose el centro de todas las miradas, asistía de forma muy cristiana al servicio religioso. El paseo de regreso a su casa seguía los mismos parámetros que a la ida es decir, miradas y más mirada de envidia y admiración que a ella le hacían sentirse maravillosamente......pero le seguía faltando humildad.


Al siguiente domingo, después de una meticulosa preparación, salió de casa camino de la iglesia  y siempre acompañada de sus leales sirvientas se dispuso a repetir el triunfal recorrido dominical. Al poco de iniciar el paseo, llamó su atención un grupo de gente que se agrupaba alrededor de un puesto ambulante situado a uno de los lados de la avenida, llena de curiosidad y viendo que aquello distraía a un buen número de sus habituales admiradores, se acercó al puesto y pudo observar como una diminuta y tullida, aunque no fea mujer, atendía a sus clientes vendiéndoles algún tipo de hierbas que guardaba en envases de cristal. Molestó mucho a Mariona la presencia de aquella desaliñada mujer que rompía, con su evidente pobreza, la belleza de su avenida y el encanto de su recorrido hasta la iglesia. Al regreso de misa, volvió a fijarse en el puesto de hierbas, comprobando de nuevo que era muy popular y que por esa causa nadie la miraba. Dirigió sus pasos hacia la parada ambulante, situándose en primera fila al tiempo que cruzaba su mirada con la de aquella mujer. Quedó allí de pie, de forma desafiante y sin decir nada. Al poco la mujer que atendía la parada y de forma muy humilde le  preguntó ¿necesita alguna cosa señora?,¿necesitar yo, de ti? (contestó Mariona claramente tensa) pues... no sé, quizás le aqueje algún malestar que necesite ser aliviado, (dijo la vendedora algo asustada), ¿a mi? ¿tu crees que a mi puede aquejarme algún malestar?, (respondió Mariona muy enfadada), no señora....solo pensé que.... al venir hacia aquí, pudiera necesitar algo.(contestó la mujer con tono temeroso), ¿ tienes permiso para esta aquí?, (preguntó Mariona de forma tajante). no, no señora (se limitó a contestar la vendedora),  pues,  si no tienes permiso ya te estas marchando y que no vuelva a verte nunca más, mi padre es muy buen amigo del alcalde y enviará a la policía si no me obedeces (sentenció de forma lapidaria Mariona). La mujer sin decir nada, cubrió con un retal de tela el carro y, cojeando, se marchó de allí.


La semana pasó más bien revuelta para Mariona, sin saber porqué, se encontraba de mal humor y alguna noche le costó dormir. Puede que a causa de la falta de sueño, unas molestas ojeras aparecieron en su rostro rompiendo su bella fisonomía. Llegó el domingo y pudo comprobar que aquella desagradable mujer no había montado su parada pero también pudo comprobar que, no todos la contemplaban como en otras ocasiones, ¿serán mis ojeras?( pensó Mariona) si las he disimulado muy bien con el maquillaje, (volvió a pensar), y sin darle mayor importancia siguió su camino.

De nuevo la semana tuvo a Mariona de mal traer e incluso alguna mañana despertó con mal cuerpo y con algunas décimas de fiebre. Al avanzar la semana y viendo que la cosa no mejoraba  llamó al medico. Este, después de un minucioso reconocimiento, le aconsejó que guardara cama y que en los próximos días no saliera de casa. Pasó así también el domingo en cama e incluso el cura, al ver que no asistía a misa, fue a visitarla, pudiendo comprobar el sacerdote la desmejora que presentaba Mariona. Después de un par de semanas de tratamiento y cuando el doctor comprobó que no se producía avance, sino al contrario, iba a peor, habló con su padre y decidieron que a los pocos días la ingresarían en un hospital. Aquella noche y tras intentar que comiera algo las sirvientas, que se encontraban muy apenadas, hablaron entre ellas y tomaron la decisión de proponer algo a su señora, la más atrevida de ellas acercándose al oído de Mariona dijo: señora, ¿puedo hablar con usted?, ¿que quieres? estoy muy cansada, (respondió débilmente la enferma), verá señora, quisiera hablarle de la mujer que conoce la curación con hierbas, ¿como dices? respondió incrédula, Si, la mujer de la parada ambulante, conozco a varias personas que ha curado con sus conocimientos, (insistió la sirvienta), ¿pero tú crees que esa mujer puede saber más que un médico? ( comentó Mariona), ¡hay señora, que quiere que le diga! mi novio, que trabaja en el hospital, dice que los médicos sacan las medicinas de la naturaleza, (respondió la criada). Mariona miró a sus sirvientas y ante la convicción que vio en ellas dijo: de acuerdo id a buscarla ¿que puedo perder?, y dicho esto, salieron rápidamente de la habitación y fueron en su busca.



El sueño se apoderó de Mariona y cuando volvió a abrir los ojos, la mujer estaba de pie junto a su cama. Con extraordinaria delicadeza, sin decir nada,  inspeccionó diferentes partes de su cuerpo y posteriormente se dirigió a la cocina,  volviendo al poco tiempo con unas infusiones que había preparado. Con exquisito cuidado, dio de beber en pequeños sorbos el preparado, sin apartar la enferma sus entreabiertos ojos de la mujer. El médico de la familia tan pronto conoció la noticia, se personó en la casa y comunicó al padre de Mariona su disconformidad sobre lo que estaba sucediendo a lo que el padre respondió que era deseo de su hija y que si en un par de días no mejoraba, sería llevada al hospital. La mujer no se movió de la habitación de Mariona durante los días siguientes, durmiendo a ratos en un sillón próximo a la cama y comiendo allí mismo. El proceso continuó y la total dedicación de la mujer poco a poco consiguieron su objetivo. El médico comprobó la evidente mejoría y no tuvo más remedio que reconocer la efectividad del  tratamiento con las hierbas.


Después de varios días,  la recuperación  fue total y Mariona pidió a las fieles sirvientas que fueran en busca de la mujer y la  trajeran a casa. Pronto se encontraron las dos cómodamente sentadas frente a frente. Mariona rompió el silencio agradeciendo a la mujer todo lo que había hecho por ella  y pidiendo perdón por su injusto  comportamiento semanas atrás, al tiempo que se preocupó de su situación económica y familiar, la mujer le contó que estaba felizmente casada y que tenía dos hijos de los que se sentía muy orgullosa y que su esposo, a pesar de ser poco agraciado, era un compañero extraordinario y un gran padre, también le contó  que toda su familia se dedicaba desde tiempo muy remoto al conocimiento de los poderes curativos de la hierbas y que en la naturaleza se podía hallar prácticamente  todo lo necesario para curar la mayoría de enfermedades, pero lo que más sorprendió a Mariona fue el interés de la mujer en darle algunos consejos. Basándose en lo que las fieles sirvientas le habían contado, comenzó hablando de la exigencia que se imponía  Mariona a sí misma y que, según ella, no le permitía ver donde se encontraba la autentica belleza, le aconsejó que buscara siempre la belleza y la  perfección en el interior más que en el exterior de las personas y que muy pronto encontraría el amor que le faltaba porque ella, se lo merecía.  Por encima de todo y en un alarde de sinceridad,  la mujer reprochó a Mariona su falta de humildad ante los demás y le aconsejó que  pusiera unas gotas de aquella virtud en todo lo que hiciera en la vida y que la felicidad que recibiría por ello, la recompensaría sobradamente. Estuvieron hablando durante horas, ante la atenta mirada de las dos felices criadas y la amistad que ambas iniciaron, duraría toda la vida.
Por cierto, el nombre de la mujer que curaba con las hierbas era.....Agrimonia.


La Agrimonia es una planta medicinal que posee las siguiente propiedades curativas:
Astringente, diarrea, disentería, prevención de afecciones de boca y garganta, tratamiento de faringitis crónicas, tuberculosis; descongestionador de las mucosas del tubo digestivo y vías hepáticas, biliares y renales.



       


La naturaleza contiene verdaderos tesoros para cuidar nuestra salud